Todo el mundo quiere
estar conectado. Para eso existen los móviles y lo que viene. El GPS (Sistema
de Posicionamiento Global) se coloca en el teléfono o te lo meten. A veces
es por la ilusión de estar en la pomada, o para que te rescaten de un alud.
Cosas que dan poder y confianza, se supone. Pero aunque sea de forma modesta si
uno no está conectado es como si no estuviera ya en esta prórroga del mundo.
Pues bien, con todo y eso sigue habiendo pequeños grupos de indígenas que no
quieren ser contactados. Ni ahora ni nunca. Según unas cifras de Survival
International quedarían 196 de esos pueblos aún en aislamiento en todo
el mundo. Suman unos pocos millares de personas. Y al mismo tiempo son nuestra
última riqueza humana, gente en libertad, ese viejo pájaro que ya no vuela más
que en sueños. Por supuesto los no contactados pagan un alto precio por ello.
Cada día que pasa son menos. Se acercan ya las motosierras y nuestros virus de
regalo. Son, por ejemplo, los indios mashco piros del Perú, o los awá de
Brasil. O los korowai de la parte indonesia de Papúa, o los sentineleses de las
islas Andamán de la India. Ellos y otros pocos ya saben que existen los demás.
Y hasta han tenido que escapar cada vez más al interior del bosque para no ser
apresados, si no eliminados. Algunos dirán que no es eso, que a los aislados se
les acogería en nuestro paraíso moderno con todas las bendiciones y garantías.
Pero ellos no son tontos. Y precisamente por eso escapan del contacto y se
esconden cuanto pueden. ¿Por qué no les atraerá entrar en nuestro edén moderno?
Sólo les vamos a quitar su libertad, su dignidad, su lengua, sus materias
primas, su territorio, pero les vamos a dar camisetas y
aspirinas. Que pierdan su cultura, su forma de ser, no es como para
tirar cohetes, y menos atómicos, pero es todo por su bien. Se están perdiendo
esas cosas tan nuestras como los perritos calientes, esos que algún día no
fueron de plástico si no de algún animal.
5 comentarios:
Buenas tardes:
Ensimismados en nuestras pantallas, ese parece ser nuestro nuevo edén, inmersos en unas cuantas pulgadas mientras il mondo gira, nello spazio senza fine. Mientras convertimos nuestros hogares, en modernas cárceles sin barrotes, gracias al internet de las cosas (termostatos, relojes inteligentes, cámaras de seguridad conectadas, neveras...) que en lugar de IoT nos convierte en “idiots”. Pocos ermitaños quedan como en antaño sucedió en la Guía (Llanes) con el tio Millán, inmortalizado en el siglo XIX en retratos populares, o ya actualmente el caso de Ken Smith en Loch Treig, aunque la multitud de noticias y videos, hace recelar de este ya anacoreta digitalizado.
Releyendo a Borges, siempre bueno al inicio de un nuevo año, destaco este fragmento de su cuento” Utopía de un hombre que está cansado”:
(...) “Pero no hablamos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo, el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien. (...).
“- ¡Ah, eso lo explica todo! -dijo el Sombrerero-. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj”. En esta merienda de locos que nos toca vivir, puede que éste sea un prudente consejo de Carroll para seguir.
Un saludo.
Patricia
A veces la supuesta conexión con ordenadores, teléfonos, relojes inteligentes – o no tanto- y demás cacharritos puede implicar desconexión. Necesitamos aparatos y 5G para saber si es posible que mañana llueva. ¿Lo utilizan los mashco, korowai, …? ¿Su mundo es mucho menos rico que el nuestro? ¿Somos conscientes de las cosas más elementales que sucede en nuestro entorno inmediato? Las respuestas parecen obvias, no se trata de avances médicos y científicos que son incuestionables en nuestra cultura, sino en un sustrato diferente, ese sustrato que Lévi-Strauss supo desarrollar de manera brillante. Y a pesar de eso una civilización condena a otras a pasar de ser indígenas a indigentes, e incluso dentro de esa misma civilización se crea a sus propios indigentes, a sus propios burakumin. Esos de entre nosotros que no quieren depender de la tecnología, por ejemplo, porque son mayores y no tienen ganas de experimentar con maquinitas o sencillamente por cualquier otro motivo también se pueden convertir en indigentes o parias.
Pero como nos recuerda Foucault: «… Por todas partes en donde existe poder, el poder se ejerce. Nadie, hablando con propiedad, es el titular de él; y, sin embargo, se ejerce siempre en una determinada dirección, con los unos de una parte y los otros de otra; no se sabe quién lo tiene exactamente; pero se sabe quién no lo tiene…»
Tal vez una reflexión sobre el papel de la antropología de Lévi-Strauss pueda hacernos vislumbrar algunos caminos: «… Ahí está sin duda la función permanente de la antropología. Porque si hay, como siempre se ha afirmado, un determinado “grado óptimo de diversidad” que la antropología considera una condición permanente del desarrollo de la humanidad, podremos tener la seguridad de que las variaciones existentes entre las sociedades y los grupos no se borrarán nunca, sino que se reconstruirán en otros planos… lo que siempre ha caracterizado a la antropología desde su nacimiento es que, gracias a su labor de interpretación, reintegra en la humanidad y la racionalidad las conductas de seres humanos que parecen inadmisibles e incomprensibles a otros seres humanos… »
Esperemos que esa reconstrucción continúe sin cesar, porque en la diversidad nos jugamos mucho.
Un saludo,
Benito Fernández
Desde luego, Patricia: nos inundan con opiniones, los hechos pueden esperar. Los sabios, Modugno cantando, Borges hilando fino, y Carroll desbaratando lo que se cree qye vemos, son escalas que van al pozo de la razón. Este mundo móvil, ¿sube o baja? Los no contactados nos dan una lección en silencio. No necesitan electricidad teniendo las estrellas. En fin, acabamos de pasar los días de la mirla, como dicen en Italia, los más fríos o megros del año. O no.
Un abrazo
L.
Por supuesto, Benito, esa reconstrucción del antropólogo es muy loable, pero tu mismo recuerdas que la diversidad no es sólo lo que está disminuyendo en el mundo, sino algo que ya se ha perdido en buena parte. Y si quedan añicos eso es lo que hay que escarbar. Podríamos ser algo más optimistas y pensar que gracias también a las nuevas tecnologías tenemos más herramientas, pero la cuestuón es la velocidad del exterminio. El nuevo antropólogo mira al mundo y se ve a sí mism, o su familia, o a su país, y no tiene que ir ya muy lejos para sacar conclusiones de lo que sucede a miles de kilómetros. Antes de que él llegue a muchos sitios de la selva le han precedido las llamadas por satélite y las retransmisiones de partidos de fútbol. No deja de ser interesante bucear en las charcas, pero hay que admitir que era mejor hacerlo en un mar limpio de antaño.
Con lo mismo recuerdo que Lévi-Strass me dijo en País cuando le entrevisté que él no era enemigo de su propia civilización. Y así es.
Un abrazo
L.
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