A 451 grados
Fahrenheit arde el papel, como contó Ray Bradnury en su devastadora novela. Una
que al final tenía tanta ciencia como ficción. Y una honda lástima por un mundo donde se
quemaban los libros. Ahora nuestro mundo marcha más expedito. Pinos enteros, nada
de pulpa o pasta, tienen un punto de ignición entre 400 y 570 grados Fahrenheit
(o entre 204 y 300 modestos centígrados). Y en España es como se da un gran
auto de fe del verano, y se contemplan bosques y pinares ardiendo como
cerillas. ¿Para qué quemar libros si se puede ir a la raíz? Así se acaba de un
plumazo con la historia y la naturaleza, con el pasado, el presente y el
futuro. Pero como nos quedan aún árboles por quemar no hay más que esperar otro
verano y llegaremos ya a un buen nivel sahariano. La duda es qué hacer en la
espera: ¿reclutamos más bomberos o directamente más pirómanos? ¿No tenemos suficiente
con que este mes de agosto nos regale en una misma fecha un eclipse con franja
total y por la noche las Lágrimas de San Lorenzo, o Perseidas? ¿Qué más fuegos
queremos?
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