Estando aquí y ahora es vano negar la eficacia de las redes sociales (según el Washington Post hay 5 mil millones de personas conectadas con los móviles, 2 mil millones con internet y 750 millones con facebook). Gracias a las redes sociales unos campesinos de Kenia pueden saber el precio real de los productos y evitar que les timen los mayoristas. Gracias a las redes sociales se desarrolló en buena parte la llamada Primavera árabe, y el más actual otoño norteamericano, el del movimiento OWS (Occupy Wall Street), del que sería interesante -creo- ver un resumen de intenciones que aquí sugiero:
Pues bien, un colaborador del Washington Post, Ramesh Srinivasan, hace algunas distinciones interesantes sobre el poder de las redes sociales, la tecnología en boga y demás. Le encargaron hacer un museo digital en la universidad UCLA a base de objetos de los indios zuni de Nuevo México. No ha funcionado. Una cosa es el estandard occidental y la narración digital, y otra bien distinta el mundo de los zunis, que al final han considerado una alienación ese intento de describir su mundo sin recurrir a sus maneras de contar historias y de realizar rituales comunitarios. Por lo que el autor del invento digital reconoce con gallardía: "Si las tecnologías se diseñan aisladamente de las culturas con las que tratan de conectar, las voces reales de la gente no se escucharán".
Otra cosa es que importen algo los mitos de los pieles rojas cuando los cuentos de los rostros pálidos, incluso los de los rostros españoles, no saben bien cómo encarar la banca, la democracia y otras hierbas.